El paraíso perdido

El paraíso perdido

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De la ciencia; ni olvidaba la deidad por un instante.

Ávida se hartó sin reprimirse,

No sabiendo que comía muerte: al fin saciada,

Y exaltada cual por vino, vivaracha y juguetona,

Así para sí misma, complacida, comenzó:

«Oh supremo, virtuoso, Árbol óptimo

Del Paraíso, cuya acción bendita

Da sapiencia, hasta ahora oscuro, despreciado,

Y tu bello fruto ahí colgando, cual creado

Sin propósito. Desde ahora mis cuidados tempraneros,

No sin canto —cada día— y debido encomio,

Sean para ti, y la fértil carga aliviaré

De tus colmadas ramas, ofrecida libre a todos;

Hasta que nutrida en ti, crezca yo

En ciencia cual los Dioses, que lo saben todo;

Aunque envidien otros lo que no podrían dar;

Pues si suyo fuera el don, no aquí creciera

De este modo. Experiencia, luego a ti te debo

Buena guía: sin seguirte, me quedara

En la ignorancia; tú has abierto vía a ciencia

Y me das acceso, aunque ella oculta se retire.

Y quizá yo estoy oculta; alto se halla el Cielo,

Alto y lejos para ver, precisa desde allí,


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