El paraíso perdido
El paraíso perdido Aún desconocido, te sedujo el adversario
Arruinándome contigo, pues contigo
He de morir, mi decisión está tomada;
Porque ¿cómo viviría yo sin ti, cómo renunciar
A tu tertulia dulce, a un amor tan gratamente unido,
Para otra vez vivir en estas frondas de abandono?
Aunque Dios crease a otra Eva y diese
Yo costilla nueva, de mi corazón
Tu pérdida jamás se extinguiría; no, no, siento
Que me arrastra el nudo que nos ata: carne eres
De mi carne, hueso de mi hueso, y de tu estado
Nunca ha de apartarse el mío, dicha o pena».
Una vez lo tuvo dicho, como alguien consolado
Tras desmayo triste y resignándose, después
Del turbamiento, a lo que parecía sin remedio,
Ya con calma sus palabras a Eva dirigió:
«De atrevida acción presumes, Eva aventurada,
Y peligro grande has provocado, atreviéndote
No sólo a codiciar con la mirada
El sagrado fruto, que es sagrado a la abstinencia,
Sino a probar incluso lo prohibido al tacto.