El paraíso perdido
El paraíso perdido Que tanto ennobleciera Adán, capaz de disgustar
A Dios por ella, o de aceptar la muerte.
En recompensa (pues anuencia tan infame
Recompensa tal merece) de aquella rama
Dio a Adán el fruto hermoso y seductor
Con mano generosa: de comer, escrúpulos no tuvo
Aún sabiendo el resultado; no engañado,
Sino, ingenuo, derrotado por encanto femenino.
Tembló la Tierra en sus entrañas, con dolores
Nuevamente, y la Natura por segunda vez gimió;
El Cielo atenebrose y, farfullando truenos, derramó
Al consumarse aquel mortal y original Pecado
Algunas gotas tristes. No lo percibía Adán
Comiendo hasta saciarse, ni temía Eva repetir
Su previa transgresión, por confortarlo a él
Con tan amada compañía. Y ahora,
Cual con nuevo vino ambos embriagados,
Flotan plenos de alborozo e imaginan
Dentro de ellos la deidad gestando alas
Con que despreciar la Tierra. Mas el falso fruto
Otro efecto bien distinto antes provocaba,
Inflamándoles carnal deseo: él a Eva
Empezó lascivo a contemplarla; ella a él
Tan libertina le responde. En lascivia arden,
Hasta que Adán intenta seducirla así:
«Eva, veo ahora que eres impecable en gusto