El paraíso perdido

El paraíso perdido

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El estado interno de sus mentes, calmo espacio antes

Y de paz repleto, agitado ahora y turbulento.

Pues no reinaba la razón y ya la voluntad

Desoía su saber, ahora ambas subyugadas

Al deseo sensual, que asaltando desde abajo

Al soberano raciocinio, reclamaba

Superior autoridad. Desde un pecho tan inquieto,

Adán, el tono y la figura enajenados,

Con palabras balbucientes a Eva retornó:

«Ojalá me hubieras escuchado y esperado,

Como te pedí, a mi lado, cuando ese raro anhelo

De ir vagando, este desdichado amanecer,

Te poseyó, y no sé cómo; seguiríamos siendo

Aún felices, no como ahora, malogrados todos

Nuestros bienes, míseros, desnudos, confundidos.

Que nadie desde ahora busque causa innecesaria

Para demostrar lealtad debida; cuando busquen

Prueba tal, concluye que comienzan a fallar».

A lo que Eva, pronto hiriéndola el reproche:

«¿Qué palabras de tus labios, inflexible Adán?

¿Imputas lo ocurrido a mi defecto, o deseo

De vagar, como lo llamas?, que —quién sabe—

Bien podría haber pasado estando tú conmigo,


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