El paraíso perdido
El paraíso perdido Estoy ante mi Juez, ya para asumir
Yo mismo todo el crimen, ya para acusar
A mi otro yo, compañera de mi vida;
Cuya falta, mientras fiel me es todavía,
Debería yo ocultar y no exponer a culpa
Con mis quejas. Mas necesidad estricta
Me somete y la atroz obligación, no sea
Que en mi sola testa, el pecado y el castigo
—Cuan penosos sean— descarguen
Toda su dureza; y, aunque callase,
Tú descubrirías pronto qué te oculto.
La mujer, que hiciste para serme ayuda
Y me diste como don perfecto, tan propicia,
Apropiada y aceptable, tan divina,
Que viniendo de ella no podía sospecharse mal,
Y que en todo lo que hacía, fuera lo que fuera,
Parecía que su hacer la acción justificaba,
Me ofreció del Árbol y yo comí».
La Presencia Soberana así le respondió:
«¿Era ella pues tu Dios, que así la obedeciste
Antes que a la voz divina, o se te dio por guía,
Superior, tu igual acaso, que tu hombría
A ella hubiste de rendirle y el lugar
En el que Dios te puso, sobre ella hecha de ti,
Y para ti, pues tu perfección en mucho excede