El paraÃso perdido
El paraÃso perdido Y no titubeó en vestir a aquellos enemigos:
No sólo su exterior con pieles animales,
Sino la interna desnudez, oprobio aún más grande,
Ataviándolos con su Ropaje de justicia[292],
De la vista los cubrió del Padre.
A él con rápida ascensión volvió enseguida,
En su seno bienaventurado recibido,
En la gloria como siempre, y, aplacado,
Todo, aunque todo conocÃa, le contó
De lo hecho al hombre, añadiendo dulce intercesión.
Mientras, antes del pecado y juicio en esta Tierra,
Al Portal del Tártaro, Pecado y Muerte,
Sentados frente a frente dentro de las Puertas,
Que ahora estaban bien abiertas, eructando fiera llama
Lejos, Caos adentro, desde que pasó el Demonio
—Por Pecado abiertas—, ésta ahora a Muerte dijo:
«Hijo mÃo, ¿por qué seguir aquà mirándonos
Ociosos mientras Satanás, gran Padre nuestro,
Medra en otros mundos y morada más feliz
Encuentra para ésta, su querida descendencia?
Éxito sin duda habrá logrado; pues, si daño,
Hace mucho hubiera vuelto, empujado por furor