El paraíso perdido

El paraíso perdido

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A lo que así la enjuta Sombra pronto respondió:

«Ve a donde el hado y la fuerte inclinación

Te lleven; no he de rezagarme yo ni errar

La senda, dirigiendo tú; tal olor percibo

De matanza, presa innumerable, y degusto

Ya el sabor de muerte en toda cosa viva.

En la obra que comienzas, no he de defraudarte:

Tendrás en mí recíproco refuerzo».

Hablando así, con gozo olisqueó el hedor

Del cambio fúnebre en la Tierra. Cual bandada

De aves carroñeras, aunque lejos muchas leguas,

Intuyendo la batalla, al campo vuelan

Donde están las huestes acampadas, atraídas

Por efluvios de carcasas vivas, destinadas

A la muerte ya mañana, en la lucha sanguinaria;

Así oliscaba adusto el monstruo, levantando

El ancho morro por el aire tenebroso,

Muy sagaz en percibir, tan lejos, su carnaje.

Desde Puertas del Infierno, ambos por el Caos,

Su baldío, vasto desgobierno, fosco y hosco,

Disímiles volaron. Con poder (gran poder el suyo)

Cerniéndose sobre las Aguas[294], lo que hallaron

Sólido o cienoso, sacudido arriba, abajo,

Como en mar violento, amasado lo llevaron


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