El paraíso perdido
El paraíso perdido
El cornígero cerastes, hidras, lóbregos elopes
Y las dipsas (no, jamás tan denso enjambre pululó
En el suelo ensangrentado por Gorgona, o la isla
Ofiusa), mas allí en el medio, él, más grande,
En Dragón tornado ahora, aún mayor que aquel gestado
Por el Sol del cieno, en el valle pitio,
La Pitón[307] inmensa, y poder no menos parecía
Sobre el resto conservar; y todos ellos
Lo siguieron al salir a campo abierto,
Donde todos los demás de aquella turba sublevada
Que cayera de los Cielos esperaba en formación,
Sublime en la esperanza de llegar a contemplar
Triunfante la salida del impar Caudillo.
Y la vieron, mas —escena bien distinta— multitud
De odiosas sierpes. El horror los poseyó,
Y horrenda simpatía, pues en lo que vieron
Ya sentían convertirse, ya sus brazos les caían
Y la lanza y el escudo, y caían ellos tan veloces