El paraíso perdido
El paraíso perdido Con gusto el apetito, en lugar de fruta,
Ásperas cenizas masticaban que el sabor vejado
Rechazaba con arcadas. Muchas veces lo intentaron
Hambre y sed forzándolos, nauseados otras tantas,
Su asco abominable mascullaba con las fauces llenas
De cenizas y de hollín; así caían vez tras vez
En la ilusión, no como el hombre que vencieran,
Engañado sólo aquélla. Torturados pues,
Exhaustos por la hambruna y el perpetuo silbo,
Su perdida forma al fin les fue devuelta;
Pero cada año —hay quien dice— deben padecer
La cíclica vergüenza cierto número de días
Para castigar su orgullo y gozo por el hombre seducido.
Sin embargo, difundieron ellos tradiciones
Entre los paganos del botín que conquistaran,
Fabulando cómo la Serpiente (apelada Ofión por ellos)
Y con ella Eurínome (acaso Eva usurpadora)
Gobernaron al principio el alto Olimpo,
Lugar del que después Saturno y Ops los arrojaron,