El paraíso perdido
El paraíso perdido De pasión, yo todo a su merced dejase,
Caprichosamente expuesto a su anarquía.
Y no saben que los llamo, los arrastro ahí,
Mis Perros Infernales, a lamer la escoria y mugre
Que el pecado corruptor del hombre vierte
En lo que era puro, hasta que empachados,
Reventando casi de carroña, sólo un golpe
De tu brazo victorioso, Hijo amado,
A Pecado y Muerte, y la Tumba boquiabierta,
Los arroje al fin al Caos cerrando los Infiernos
Para siempre y sellen sus voraces fauces.
Cielo y Tierra renovados, puros otra vez entonces,
Vestirán la santidad que no recibe mácula:
Hasta día tal, la maldición caída en ambos prevalece».
Cesó, y la audiencia celestial cantó potentes
Aleluyas, cual murmullo de los mares elevándose
Del coro que cantaba: «Justos tus caminos,
Rectos tus decretos en todo lo que obras;
¿Quién podría extenuarte?». Luego al Hijo,
Destinado Redentor del hombre, por quien
Nuevo Cielo y Tierra con las eras se alzarán
O bajarán del Cielo. Tal su canto,
Mientras el Creador, llamando por su nombre
A sus fuertes Ángeles, les dio diverso encargo,