El paraíso perdido
El paraíso perdido Que al presente de las cosas convenía. El Sol
Primero recibió precepto de brillar, moverse,
De manera que a la Tierra con calor y frío la afectase
Apenas tolerable, y que llamase desde el norte
Al decrépito aquilón, y desde el sur trajese
Solsticial calor de estío. A la Luna lívida
Su oficio le impusieron; a los otros cinco[313],
Sus mociones planetarias, sus aspectos
En sextil, cuadrado, trino[314] y en oposición,
De pernicioso efecto, y cuándo unirse
Al sínodo imbenigno[315]; y a las fijas enseñaron
Cuándo derramar maligno influjo, cuál
De ellas, al alzarse o al ponerse con el Sol
Debía ser tempestuosa; a los vientos puntos
Les marcaron cardinales, cuándo confundir bramantes
A los mares, aires, litorales; cuándo percutir el trueno
Con terror por toda el aula oscura del espacio.
Hay quien dice que mandó a sus Ángeles torcer
Los polos de la Tierra veinte grados, más aún,
Del eje de este Sol: aquéllos con esfuerzo oblicuaron
El globo céntrico. Otros dicen que al gran Astro