El paraíso perdido
El paraíso perdido Adán así consigo se quejaba en alto,
En la noche quieta, no la de antes del pecado
Saludable y fresca, y templada, sino llena
De aires negros, de vapores y temibles nieblas,
Que en su vil conciencia proyectaba toda cosa
Duplicando los terrores. En el suelo,
Él yacía, frío suelo, maldiciendo sin cesar
A su creación y a la Muerte, terco, la acusaba
De tardía ejecución, pues fuera impuesta
En el día de su ofensa. «¿Por qué no vienes, Muerte
—Insistía—, trayendo triplemente ansiado tajo
Que me acabe? ¿No honra acaso su palabra la Verdad,
La Justicia divinal no corre a ser, pues, justa?
Mas la Muerte no vendrá llamada, la Justicia divinal
No cambia lentos sus andares por plegarias o clamores.
Oh bosques, oh fontanas, cerros, valles, frondas,
Con distinto eco, hace poco, enseñaba a responder
A vuestro umbraje, a vibrar con canto bien diverso.»
Y estando así afligido, al mirarlo Eva triste,