El paraíso perdido
El paraíso perdido Tan valioso que a la mente pueda interesar
De Dios Altísimo, o inclinar su voluntad,
Apenas se creería; mas esto hace la plegaria,
O un suspiro breve del aliento humano, elevado
Hasta el mismo Trono. Pues desde que intento
Aplacar al ofendido Dios con mis plegarias,
De rodillas ante él, con todo el corazón rendido,
Creo haberlo visto apaciguado y dulce,
Abriéndome su oído, y más seguro estoy
Del favor con que me escucha: a su hogar, mi pecho,
Retornó la paz; a mi memoria su promesa,
Que herirá tu descendencia al adversario[335],
Cosa que ignoré en mi desespero, mas ahora
Me confirma que la idea amarga de la muerte
Ya pasó y que viviremos. Salve, pues, Eva, a ti
Llamada justamente madre de la humanidad,
Madre, sí, de todo lo viviente, pues por ti
El hombre vivirá, y toda cosa para el hombre».
A lo que Eva, triste el porte y timorata:
«Poco digna yo resulto de título tan grande,
Transgresora como soy, pues, destinada
A ser tu ayuda, fui tu trampa. Más reproche
Me merezco, desconfianza que alabanza:
Infinito, sin embargo, fue mi Juez en su perdón,