El paraíso perdido
El paraíso perdido Desde su primer capullo, y les daba nombres,
¿Quién al Sol ha de criaros, u orientar
Vuestras tribus, o regaros de la fuente de ambrosía?
Tú, por fin, nupcial cobijo, que adorné
Con todas las dulzuras de la vista y el olor,
¿Cómo abandonarte, dónde descender,
A qué submundo, bárbaro tras éste
Y tenebroso, cómo respirar en aires menos puros,
Hechos como estamos a inmortales frutos?»
Lo que el Ángel tierno interrumpió:
«No te lamentes, Eva, y paciente entrega
Lo que pierdes justamente; aparta el corazón,
Así apegado, de lo que no es tuyo;
Tu partida no es en soledad, tu consorte
Va contigo, cuyos pasos debes tú seguir:
El lugar que habite siéntelo tu suelo natalicio».
Adán entonces, recobrándose del frío ataque
Repentino y de nuevo en posesión de sus sentidos,
A Miguel palabras obsecuentes dirigió:
«Celestial, ya Espíritu entre Tronos, o de ellos
El más alto, pues por tu figura puedes parecer
Un Príncipe entre príncipes: gentil has dado