El paraíso perdido
El paraíso perdido Tu mensaje, que pudiera herirnos pronunciado,
Y acabarnos realizado. Lo que todavía
De tristeza, postración y desespero, nuestra frágil
Condición podía soportar lo traen tus nuevas:
La partida de este sitio venturoso, nuestro dulce
Y recogido abrigo, último consuelo
Familiar a nuestros ojos, cuando todo espacio
Diferente desolado nos parece e inhóspito,
Un desconocido que nos desconoce; si creyese
Que plegarias incesantes cambiarían el decreto
De quien puede toda cosa, yo no dejaría
De cansarlo con mi asidua imploración;
Mas la plegaria, contra su absoluta voluntad,
No sirve más que un soplo contra el viento,
Que volviendo súbito sofoca a quien lo exhala.
Y por ello a este gran mandato me someto.
Me atrista sobre todo que, alejándome de aquí,
Oculto quedaré a su rostro, yo privado
De su faz bendita. Aquí podía frecuentar
Con apto culto, un lugar tras otro donde él
Se me ofrecía, y a mis hijos les diría:
“En este monte apareció, bajo este árbol
Fue visible, entre estos pinos oí su voz,
Aquí con él hablé, a la vera de esta fuente”.