El paraíso perdido
El paraíso perdido Tanto altar agradecido le alzaría yo
De herboso temple, apilando cada piedra
Bien pulida del arroyo, en memoria,
O monumento, de las eras, ofreciéndole ahí
Aromáticas resinas, y los frutos y las flores.
En aquel submundo, ¿dónde buscaré
Brillantes sus visitas, o sus huellas hallaré?
Pues, aunque huí de él airado, ya devuelto
A vida duradera y prometida descendencia,
Grato ahora me es mirar aun la orla extrema
De su gloria, y su paso adoro desde lejos».
A lo que así Miguel, benigna la mirada:
«Adán, bien sabes suyo el Cielo, y la Tierra toda,
No esta roca sólo; pues su omnipresencia colma
Mar y continente, el aire y toda especie viva,
Animado todo y temperado por virtud divina.
Él te dio la Tierra para poseerla y gobernarla,
Don considerable: no supongas pues
Que su Presencia queda a este cerco confinada
Del Paraíso o el Edén. Habría sido, acaso, éste
Sede tuya capital, de donde propagarse
Tus generaciones, y quizás aquí vendrían
Desde todo punto de la Tierra a celebrarte
Y venerarte, como gran progenitor.