El paraíso perdido
El paraíso perdido Acabadas de segar; en la otra parte, pastos y majadas;
Y en el medio hay un altar, como hito limitáneo
Y rústico o montículo de césped, donde pronto
Del cultivo ve llegar sudado a un segador
Trayendo sus primicias: verde espiga, jalde haz,
Juntado todo sin cuidado. Un pastor después,
Más bondadoso, los caloyos trae de su rebaño,
Escogidos, los mejores; inmolándolos entonces,
Sus entrañas y su grasa, salpicadas con incienso,
En la leña las coloca y todo rito cumple necesario.
Tal ofrenda pronto el fuego favorable de los Cielos
La consume en llama súbita y grata humada;
Mas no la otra, falta como estaba de sinceridad.
Así rabió en lo interno aquél y, mientras departían,
Lo golpeó con una piedra en mitad del torso,
Arrancándole la vida; éste, pues, cayó y, lívido,
Dejó escapar el alma con gruñido y sangre pródiga[362].
Mucho el corazón de Adán desfalleció
Al verlo y presuroso al Ángel clama:
«Oh Instructor, algún perjuicio le ha ocurrido