El paraíso perdido
El paraíso perdido Con sangriento embate chocan las legiones;
Donde reses herbajaban, ahora yacen esparcidas
Las carcasas y las armas por el prado ensangrentado
Y yermo. Otros, acampados, a ciudad pujante
Ponen cerco: con ariete, escala y mina
Ya la asaltan; otros la defienden desde el muro,
Con venablos, flechas, piedras, fuego sulfuroso:
Hay carnaje en ambos lados, y titánicas proezas.
En otra parte, heraldos encetrados llaman
Al consejo a las puertas de la urbe: al instante,
Hombres graves, grises sus cabezas, con guerreros
Se reúnen, se oyen las arengas, pero pronto
Se dividen en facciosa oposición; por fin,
De edad mediada, uno se levanta[367], eminente
En sabio porte, y habla mucho de lo recto y falso,
De justicia, religión, de la verdad, la paz
Y el juicio de lo Alto; jóvenes y viejos
Lo abuchean y prenderlo quieren con violencia,
Cuando una nube que desciende lo arrebata,
Ocultándolo a la turba. La violencia así
Prosigue, la opresión, la ley de los aceros
Inundando el llano, sin refugio adonde huir.