El paraíso perdido
El paraíso perdido Al hombre atrapan; y tras copas, los tumultos.
Un prohombre venerable a ellos llega al fin
Y de actos tales él declara gran disgusto,
Y en contra testifica de sus hábitos, y acude
Con frecuencia a sus reuniones, ya se trate
De desfiles o de fiestas, y predica para ellos
Conversión y contrición, cual si almas fuesen
En prisión que aguardan juicio ya inminente.
Mas todo en vano y, viéndolo, dejó
De disputar llevándose sus tiendas lejos.
Después taló de las montañas maderamen alto
Y empezó la construcción de un barco enorme,
Calculando en codos longitud, anchor y altura,
Lo cubrió de brea e indujo en su costado
Puerta, acumulando grandes provisiones
Para bestia y hombre. Y de súbito, portento raro,
Toda clase de animal, de pájaro y pequeño insecto
Llega en pares y septenas, y entra allí, según
Mandato: último el prohombre y sus tres hijos
Con las cuatro esposas. Dios trincó la puerta.
Mientras, viento sur despierta y con negras alas,
Vasto vuelo, toda nube junta que flotase
Bajo el cielo; al conjunto aportan las montañas
Sus vapores, sus oscuras, húmedas exhalaciones,