El paraíso perdido
El paraíso perdido Entre las doce tribus, que los rija por la ley prescrita.
Desde el monte Sinaí, cuya cumbre gris
Trepidará con su descenso, Dios mismo
En relámpagos envuelto y el clangor de la trompeta
Dictará sus leyes: parte, tal cual le concierne
A la cívica justicia; parte, a los ritos religiosos
De la ofrenda, informándolos, por símbolos
Y sombras, de ese Vástago augurado que herirá
A la Sierpe y de los medios con que logrará
Salvar al hombre. Mas la voz de Dios
Al oído del mortal aterra y aquéllos rogarán
Que su Moisés transmita la voluntad divina,
Cesando así el terror. Él concede lo que piden
Sabedores de que a Dios, sin mediador,
No existe acceso; y este egregio oficio ahora
Moisés lo prefigura, a fin de abrir la senda
De otro aún mayor, de quien predecirá su día,
Y todos los Profetas en su tiempo la llegada
Del Mesías cantarán. Así, las leyes y los ritos
Ya fijados, tal deleite tiene Dios en hombres
A su voluntad sumisos, que consiente
En instalar su tabernáculo en medio de ellos,