El paraíso perdido
El paraíso perdido El Santísimo morar entre mortales.
Por orden suya un santuario se construye,
—Cedro recubierto en oro— y dentro
Un arca y en el arca el Testimonio,
Los principios de su Pacto y, cubriéndolos,
De oro, un Propiciatorio entre las alas
De dos fúlgidos Querubes; arden ante él
Las siete lámparas, cual en zodiaco que expusiese
Los celestes fuegos; sobre esta tienda, una nube
Flotará de día, ígneo resplandor de noche,
Menos cuando viajen. A la larga llegan,
Conducidos por el Ángel del Señor a aquella tierra
Prometida a Abraham y su semilla[376], mas el resto
Largo ya sería relatar: batallas, ¡cuántas afrontadas!
Cuántos reyes destruidos, reinos conquistados,
O cómo el Sol se detendrá en mitad del cielo,
Todo un día, posponiendo la llegada de la noche,
Obediente a voz de hombre: “Sol, detente en Gibeón
Y tú, oh Luna, en el valle de Ayalón,
Hasta que Israel se imponga”[377]: llama así al tercero