El paraíso perdido
El paraíso perdido Desde Abraham, de Isaac el hijo, y desde él
A toda su progenie, que Canaán conquistará».
Adán aquí intervino: «Oh Heraldo empíreo,
Alumbrador de mis tinieblas, gratas son las cosas
Que revelas y ésas, sobre todo, que conciernen
Al honesto Abraham y su semilla: sólo ahora
Ojos tengo bien abiertos, y sereno el corazón,
Perplejo antes al pensar qué resultará de mí
Y de la entera humanidad; mas ahora veo el día
De ése en quien todas las naciones se bendicen,
Un favor que no merezco, pues busqué
Prohibida ciencia por prohibidos medios.
Algo hay, no obstante, que no entiendo: ¿cómo a ésos
—Entre quienes Dios se digna residir aquí en la Tierra—
Tantas leyes se les dan, y tan diversas?
Pues a tantas leyes, tantas ocasiones entre ellos
De pecado; ¿cómo mora Dios con gentes tales?».
A lo que así Miguel: «No dudes que el pecado
Reinará entre ellos, una vez por ti engendrado.
Y por ello se les dio la ley, por que dominen
Su perfidia natural picando a combatir,
Contra las leyes, el pecado; y que al ver la ley