El paraíso perdido
El paraíso perdido Descubran el pecado, pero no lo extirpen,
Salvo con aquellas expiaciones vagas e impotentes
De la sangre de los toros y carneros. Concluirán así
Que sangre más valiosa debe rescatar al hombre,
Justo por injusto, por que en tal integridad,
A ellos aplicada por la Fe, al fin encuentren
Justificación ante el Señor y paz
En sus conciencias, que la ley con ceremonias
No consigue apaciguar, ni practicar el hombre
Su moral y, no ejerciéndola, no puede ni vivir.
Así, imperfecta es esta ley e impuesta únicamente
Con el fin de conducirlos, culminado el tiempo,
A Pacto de Alianza más perfecto: llevándolos
A la verdad por vagos mitos; de la carne al espíritu;
De la imposición de estrictas leyes, a la libre
Aceptación de extensa gracia; del temor servil
Al que es filial; y de las obras de la ley a las de fe.
Por ello no será Moisés, si bien amado
Del Señor —al ser ministro meramente
De la ley— quien guíe al pueblo hasta Canaán,
Sino Josué —Jesús lo llaman los Gentiles—,