El paraíso perdido
El paraíso perdido Su señal más cierta, enseguida cobrarán
Inédito coraje, nuevos ánimos, aunque ahora yacen
Humillados y postrados en el lago ardiente
Como antes tú y yo, aturdidos y perplejos
(¿Y quién se extrañaría?), tras caer de tan nefasta altura».
Apenas terminara y el Demonio superior
Marchaba ya a la orilla, el pesado escudo
De etéreo temple, largo y redondo y masivo,
Echado atrás, colgándole el amplio disco
De los hombros cual la Luna, cuyo orbe
Con el óptico cristal observa el artista de Toscana
Al caer la tarde, en la cima del Fiesole,
O en Valdarno[69], descubriendo nuevas tierras,
Ríos o montañas en el globo moteado.
Su lanza, comparada con la cual el pino más enorme,
Talado en montes de Noruega para mástil
De glorioso buque insignia, fuera caña sólo,
Le sirve para apoyo de precarios pasos
Por la ardiente marga, no como aquéllos
Sobre el azur del Cielo; y el clima tórrido,
Además, lo azota fiero bajo bóveda de fuego.
Mas él lo aguanta todo hasta alcanzar la playa
Del mar en llamas, desde donde grita