El paraíso perdido
El paraíso perdido A sus legiones, las angélicas figuras que, en su trance,
Flotaban numerosas como hojas otoñales en arroyos
De Vallombrosa, donde etruscas sombras[70]
Elevan sus arcadas protectoras; o los juncos esparcidos
Por las aguas cuando Orión, con vientos fieros,
La costa bate del Mar Rojo, cuyas olas desmontaron
A Busiris y su ejército de Menfis a caballo,
Cuando con traición odiosa persiguieron
A los refugiados del Gosén[71], que vieron
Desde salva orilla sus cadáveres flotar
Entre restos de los carros destrozados. Tan tupida
Y abyecta la legión yacía, cubriendo el piélago,
Bajo el hechizo de su horrendo cambio.
Él llamó tan fuerte que toda hueca hondura
Del Infierno resonó: «Príncipes y Potestades
Y guerreros, flor del Cielo, antes vuestra, disipada ahora,
Si es que aturdimiento semejante puede anonadar
A Espíritus Eternos: ¿o habéis parado aquí,
Tras el tesón de la batalla, a dar reposo
A la virtud cansada por lo calmo del lugar,