El paraÃso perdido
El paraÃso perdido Mientras la promiscua turba estaba lejos.
Principales fueron los que, prorrumpiendo del Infierno
A buscar en tierra presa, osarÃan luego
Junto al Trono del Señor plantar sitiales,
Altares al costado de Su Altar, dioses adorados
Entre las naciones circundantes, desdeñando
Al Jehová tonante de Sión, entronizado
Entre Querubes; sÃ, y a menudo colocaron
En Su Templo sus capillas respectivas
Y abominaciones; y con cosas execrables
Profanaron ceremonias santas y solemnes fiestas,
Y con su negrura osaron afrentar su luz.
Primero Móloc, rey atroz pringado de la sangre
De humanas oblaciones y llantos parentales,
Cuyos atambores y timbales fuertes
Ahogaban el chillido de los niños, que servÃa el fuego
Al siniestro Ãdolo. A él los amonitas
Adoraron en Rabá y su planicie aguanosa,
En Argob y en Basán, hasta el margen más lejano
Del Arnón. Insatisfecho aún con tan
Osada vecindad, al alma sapientÃsima
De Salomón indujo con engaños a erigirle
Un templo justo frente al templo del Señor,
En aquel mogote del oprobio, y fue bosque suyo