El paraíso perdido
El paraíso perdido De exquisita sinfonía y voces dulces,
Mas cual templo circundado de pilastras
Y columnas dóricas lastradas
De áurico arquitrabe; no faltaba allí tampoco
La cornisa, el friso, esculpido con relieves;
Era el techo de oro repujado. Babilonia
O el gran Cairo no emularon tal grandeza
En el colmo de su gloria, ni al dar morada
A Belus y Serapis[97], Dioses suyos, ni sitial
A sus monarcas, cuando Egipto con Asiria competía
En riqueza y lujo. La creciente mole
Fija al fin su solemne altura y las puertas al instante,
Descarando sus broncíneas hojas[98], muestran todo
Adentro: sus espacios anchos sobre el liso
Y llano pavimento. De un techo en arco
Penden por sutil hechizo múltiples hileras:
Lámparas astrales y candentes fogariles
Que, de nafta bien cebados y de asfalto, rinden luz
Como de un cielo. La urgente muchedumbre
Admirada entró; alaban la obra unos,
Otros al Artista: conocían en el Cielo
Al Arquitecto muchas torres palaciegas,