Paraiso perdido
Paraiso perdido ¿No hay nadie que tu peso alivie y pruebe tu dulzor?
¿Ni Dios, ni hombre? ¿Tanto se desdeña el conocer?
¿O envidia, o reserva alguna, vedan degustarte?
Védelo quien quiera, que ninguno ha de privarme más
De tus presentes: ¿qué harías tú aquí, si no?”.
Dicho esto no pausó, sino con brazo temerario
Arrancó, probó. Un frío horror me recorrió al oír
Palabras tan audaces rubricadas con audacia tal;
Mas él, arrebatado: “Oh divino fruto,
Dulce por ti mismo y aún más dulce así cogido,
Prohibido aquí, parece, cual si sólo apto para Dioses,
Mas capaz de convertir en Dioses a los Hombres:
¿Y por qué no en Dioses a los Hombres, pues el bien,
Cuanto más se extiende, crece más fecundo
Y el Autor recibe más, no menos, honra?
Ven, feliz criatura, bella Eva angélica,