Paraiso perdido

Paraiso perdido

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Y con su negrura osaron afrentar su luz.

Primero Móloc, rey atroz pringado de la sangre

De humanas oblaciones y llantos parentales,

Cuyos atambores y timbales fuertes

Ahogaban el chillido de los niños, que servía el fuego

Al siniestro ídolo. A él los amonitas

Adoraron en Rabá y su planicie aguanosa,

En Argob y en Basán, hasta el margen más lejano

Del Arnón. Insatisfecho aún con tan

Osada vecindad, al alma sapientísima

De Salomón indujo con engaños a erigirle

Un templo justo frente al templo del Señor,

En aquel mogote del oprobio, y fue bosque suyo

El valle dulce de Hinnón, llamado desde entonces

Tofet[76] y negro Gehená, reflejo del Infierno.

Después Kemós, terror obsceno de los hijos de Moab,

Desde Aroer a Nebo y el páramo

Del Abarim meridional; en Hesbón

Y Horonaim, reino de Seón, allende

Sibma, valle exuberante en flores y viñedos,

Y en Elealé hasta la Asfáltica Laguna.


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