Paraiso perdido
Paraiso perdido Y de las mansiones de los justos; a él
Gloria y alabanza, cuya ciencia ha ordenado
Bien crear del mal, y en vez
De Espíritus malignos raza superior llevar
A su vacante espacio, difundiendo desde allí
Su bien a mundos y eras infinitas.
Así cantaron los angélicos Jerarcas; entre tanto el Hijo,
En su gran expedición, ahora apareció
Ceñido por la omnipotencia, coronándole fulgor
De majestad divina, de sapiencia y de amor
Inmensos, y con todo el Padre en él fulgiendo.
Alrededor del Carro innúmeros fluían
Serafines y Querubes, Potestades, Tronos
Y Virtudes, los Espíritus alados, los alados carros,
De los arsenales del Señor, en donde hay de antiguo,
Entre dos broncíneos montes[253], miles preparados
Para augusto día, ya con sus arneses,
Equipaje celestial, y ahora aparecieron
Espontáneos —el espíritu vivía en ellos—