Paraiso perdido
Paraiso perdido Para que las gentes cananeas, viéndolos llegar,
No los acometan y ellos, inexpertos, por terror
A Egipto vuelvan, prefiriendo antes de eso
Vida indigna y servidumbre; pues la vida es dulce
Para el noble y el innoble indiestro en armas,
Cuando no los precipita el paroxismo.
Esto ganarán también con la demora
Por la vasta paramera: que allí establecerán
Gobierno propio y su gran senado elegirán,
Entre las doce tribus, que los rija por la ley prescrita.
Desde el monte Sinaí, cuya cumbre gris
Trepidará con su descenso, Dios mismo
En relámpagos envuelto y el clangor de la trompeta
Dictará sus leyes: parte, tal cual le concierne
A la cívica justicia; parte, a los ritos religiosos
De la ofrenda, informándolos, por símbolos
Y sombras, de ese Vástago augurado que herirá
A la Sierpe y de los medios con que logrará
Salvar al hombre. Mas la voz de Dios