El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Eso me disgusta, pues echa por tierra una idea que se me habÃa ocurrido. Contemplándola asÃ, he reflexionado sobre mi edad, y he pensado que podrÃan murmurar viendo que me casaba con tan juvenil persona. Esta consideración me ha hecho renunciar a tal propósito, y como la he hecho pedir y estoy comprometido de palabra con ella, te la hubiera cedido, de no haber confesado tú esa aversión.
CLEANTO.— ¿A m�
HARPAGÓN.— A ti.
CLEANTO.— ¿En matrimonio?
HARPAGÓN.— En matrimonio.
CLEANTO.— Escuchad. Verdad es que no resulta muy de mi gusto; mas, por complaceros, padre mÃo, estoy decidido a casarme con ella, si queréis.
HARPAGÓN.— Yo soy más razonable de lo que crees. No pienso en modo alguno forzar tu inclinación.
CLEANTO.— Perdonadme; haré ese esfuerzo por afecto a vos.
HARPAGÓN.— No, no. Un matrimonio no puede ser feliz si no existe inclinación.
CLEANTO.— Ésa es una cosa, padre mÃo, que tal vez venga después; y, según dicen, el amor es, con frecuencia, fruto del matrimonio.