El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— No. Por el lado del hombre, no debe correr riesgo el negocio; y hay consecuencias enojosas, a las que no quiero exponerme. Si hubieras sentido alguna inclinación hacia ella, enhorabuena te habrÃas casado en mi lugar; mas, no siendo asÃ, seguiré mi primer propósito, y seré yo quien me case con ella.
CLEANTO.— Pues bien, padre mÃo; ya que las cosas se ponen asÃ, es preciso descubriros mi corazón y revelaros nuestro secreto. La verdad es que la amo desde el dÃa en que la vi en un paseo; que mi deseo era, hace poco, pedÃrosla por esposa, y que tan sólo me ha contenido la declaración de vuestros sentimientos y el temor a enojaros.
HARPAGÓN.— ¿La habéis ido a visitar?
CLEANTO.— SÃ, padre mÃo.
HARPAGÓN.— ¿Muchas veces?
CLEANTO.— Bastantes para el tiempo transcurrido.
HARPAGÓN.— ¿Os ha recibido bien?
CLEANTO.— Muy bien; mas sin saber quién era yo, y esto es lo que ha producido, hace un momento, esa sorpresa a Mariana.
HARPAGÓN.— ¿Le habéis declarado vuestra pasión y el deseo que sentÃais de casaros con ella?
CLEANTO.— Sin duda; e incluso algo habÃa ya dejado traslucir a su madre.