El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— ¿Y la hija corresponde fogosamente a vuestro amor?
CLEANTO.— Si he de creer en las apariencias, estoy convencido, padre, de que siente cierta debilidad por mÃ.
HARPAGÓN.— Aparte: Me satisface haber sabido este secreto, y esto era precisamente lo que yo ansiaba.
Vaya, hijo mÃo: ¿sabéis lo que pasa? Pues que debéis pensar, si os parece, en desprenderos de vuestro amor, en cesar todas vuestras persecuciones a una persona que deseo para mà y en casaros dentro de poco con la mujer que os destine.
CLEANTO.— SÃ, padre mÃo; ¡asà es como me engañáis! ¡Pues bien! Ya que las cosas han llegado a este punto, os declaro que no abandonaré la pasión que siento por Mariana; que no habrá extremo al que no me entregue para disputaros su conquista, y que, si tenéis de vuestra parte el consentimiento de una madre, yo tendré, quizás, otras ayudas, que lucharán por mÃ.
HARPAGÓN.— ¡Cómo, bergante! ¿Tienes la osadÃa de entrar en rivalidad conmigo?
CLEANTO.— Sois vos el que lo hace conmigo; soy el primero conforme a fecha.
HARPAGÓN.— ¿No soy tu padre y no me debes respeto?