El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— ¿No es cosa horrenda el que un hijo quiera entrar en rivalidad con su padre? ¿Y no debe él, por respeto, abstenerse de enfrentarse con mis inclinaciones?
MAESE SANTIAGO.— Tenéis razón. Dejadme hablar, y quedaos aquÃ.
CLEANTO.— (A Maese Santiago, que se acerca a él). ¡Pues bien, sÃ! Ya que quiere escogerte como juez, no retrocedo; no me importa, quienquiera que sea; y deseo también remitirme a ti, maese Santiago, en nuestro litigio.
MAESE SANTIAGO.— Es mucho honor el que me hacéis.
CLEANTO.— Estoy enamorado de una joven que corresponde a mis afanes y recibe con ternura las ofrendas de mi fidelidad, y a mi padre se le ocurre venir a trastornar nuestro amor con esa petición que ha mandado hacer.
MAESE SANTIAGO.— Hace mal, seguramente.
CLEANTO.— ¿No le avergüenza, a su edad, pensar en casarse? ¿Resulta propio en él sentirse aún enamorado? ¿Y no deberÃa dejar semejante ocupación a los jóvenes?
MAESE SANTIAGO.— Tenéis razón. Se está burlando. Dejadme que le diga dos palabras.