El Avaro
El Avaro MAESE SANTIAGO.— ¡Eh, eh, señores! ¿Qué es esto? ¿En qué pensáis?
CLEANTO.— Me rÃo de eso.
MAESE SANTIAGO.— (A Cleanto). ¡Ah, señor! ¡Cuidado!
HARPAGÓN.— ¡Hablarme con ese descaro!
MAESE SANTIAGO.— (A Harpagón). ¡Ah, señor, por favor!
CLEANTO.— No desistiré nunca.
MAESE SANTIAGO.— (A Cleanto). ¡Eh! ¿Cómo? ¿A vuestro padre…?
HARPAGÓN.— Déjame hacer.
MAESE SANTIAGO.— (A Harpagón). ¡Eh! ¿Cómo? ¿A vuestro hijo…? Conmigo pase todavÃa.
HARPAGÓN.— Quiero hacerte a ti, maese Santiago, juez en este asunto, para demostrar que tengo razón.
MAESE SANTIAGO.— Accedo a ello.
(A Cleanto). Alejaos un poco.
HARPAGÓN.— Amo a una joven con la que quiero casarme, y ese bergante tiene la insolencia de amarla también y de pretenderla, pese a mis órdenes.
MAESE SANTIAGO.— ¡Ah! Hace mal.
