El Avaro
El Avaro MAESE SANTIAGO.— (A Cleanto). Todo está arreglado; le satisfacen vuestras promesas.
CLEANTO.— ¡Alabado sea el Cielo!
MAESE SANTIAGO.— Señores, no tenéis ya más que poneros a hablar; héteos ahora de acuerdo, e ibais a reñir por no saber entenderos.
CLEANTO.— Mi pobre maese Santiago, te estaré agradecido toda mi vida.
MAESE SANTIAGO.— No hay de qué, señor.
HARPAGÓN.— Me has dado una alegrÃa, maese Santiago, y esto merece una recompensa.
(Harpagón se registra el bolsillo; maese Santiago alarga la mano, pero Harpagón saca tan sólo su pañuelo, diciendo): Vete; no lo olvidaré, te lo aseguro.
MAESE SANTIAGO.— Os beso las manos.