El Avaro
El Avaro ANSELMO.— El Cielo, hijos mÃos, no ha vuelto a traerme entre vosotros para que contrarÃe vuestros anhelos. Señor Harpagón, claramente comprendéis que la elección de una joven recaerá en el hijo antes que en el padre; vamos, no hagáis que os diga lo que no es necesario que escuchéis, y consentid, como yo, en este doble himeneo.
HARPAGÓN.— Para buscar consejo tengo que ver mi arquilla.
CLEANTO.— La veréis sana e Ãntegra.
HARPAGÓN.— No tengo dinero que dar en matrimonio a mis hijos.
ANSELMO.— Pues bien, yo lo tengo para los dos; no os preocupéis por esto.
HARPAGÓN.— ¿Os comprometéis a correr con todos los gastos de estos dos casamientos?
ANSELMO.— SÃ, me comprometo a ello. ¿Estáis satisfecho?
HARPAGÓN.— SÃ, con tal que me encarguéis un traje para las bodas.
ANSELMO.— De acuerdo. Vamos a gozar de la dicha que este dÃa feliz nos depara.
COMISARIO.— ¡Hola, señores, hola! Poco a poco, si os place. ¿Quién me abonará mis escritos?
HARPAGÓN.— De nada nos sirven vuestros escritos.