El Avaro
El Avaro VALERIO.— ¡Ah! Bien sabemos que eso no admite réplica. ¿Quién diantres puede oponerse a ello? No quiero decir que no existan muchos padres que prefieran atender a la satisfacción de sus hijas más que al dinero que pudieran entregar; que no quieren sacrificarlas al interés, y que procuran, más que nada, crear en un matrimonio esa tierna conformidad que mantiene en él sin cesar el honor, la tranquilidad y la alegrÃa, y que…
HARPAGÓN.— ¡Sin dote!
VALERIO.— Es cierto; eso cierra la boca en absoluto. ¡Sin dote! ¡No hay modo de resistir a tal razón!
HARPAGÓN.— Aparte (mirando hacia el jardÃn): ¡Hola! Paréceme oÃr el ladrido de un perro! ¿No estará amenazado mi dinero?
(A Valerio). No os mováis; vuelvo al instante.
(Vase).