El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— ¿Eres entendida en eso?
FROSINA.— Sin duda. Mostradme vuestra mano. ¡Ah, Dios mío, qué línea de vida!
HARPAGÓN.— ¿Cómo?
FROSINA.— ¿No veis hasta dónde llega esta línea?
HARPAGÓN.— ¿Y qué quiere decir eso?
FROSINA.— A fe mía, he dicho cien años; pero ¡si vais a pasar de los ciento veinte!
HARPAGÓN.— ¿Es posible?
FROSINA.— Habrá que mataros, digo, y enterraréis a vuestros hijos y a los hijos de vuestros hijos.
HARPAGÓN.— ¡Tanto mejor…! ¿Cómo marcha nuestro negocio?
FROSINA.— ¿Es necesario preguntarlo? ¿E intervengo yo en algo que no alcance éxito? Tengo, para los casamientos sobre todo, un talento especial; no hay partido en el mundo que no encuentre yo medio de emparejar en poco tiempo, y creo que, si se me metiera en la cabeza, casaría al Gran Turco con la República de Venecia. No había, indudablemente, grandes dificultades en este negocio. Como tengo trato con ellas, las he hablado a ambas a fondo de vos, y he dicho a la madre la pasión que habéis concebido por Mariana al verla pasar por la calle y tomar el aire en su ventana.
HARPAGÓN.— ¿Y qué ha contestado?