El Avaro
El Avaro FROSINA.— SÃ, ella. Quisiera que la hubierais oÃdo hablar acerca de eso. No puede soportar en absoluto la vista de un joven, pero siente el mayor encanto, dice ella, cuando logra ver a un apuesto viejo con una barba majestuosa. Los más viejos son para ella los más seductores, y os aconsejo que no os hagáis con ella más joven de lo que sois. Quiere, cuando menos, que sea uno sexagenario; y no hace todavÃa cuatro meses, estando a punto de casarse, rompió el compromiso matrimonial porque descubrió que su amante sólo contaba cincuenta y seis años y no usó antiparras para firmar el contrato.
HARPAGÓN.— ¿Por eso tan sólo?
FROSINA.— SÃ. Dijo que a ella no le satisfacÃan cincuenta y seis años solamente, y que le agradaban, sobre todo, las narices que sostenÃan anteojos.
HARPAGÓN.— En verdad, me dices una cosa muy nueva.
FROSINA.— Eso va más allá de lo que os pudiera decir. Tiene en su cuarto algunos cuadros y estampas; mas ¿qué creéis que son: Adonis, Céfalo, Paris y Apolo? No. Bellos retratos de Saturno, del rey PrÃamo, del anciano Néstor y del buen padre Anquises, a hombros de su hijo.
HARPAGÓN.— ¡Es admirable! No lo hubiera imaginado nunca; y me satisface mucho saber que es asà su carácter. En efecto: de haber sido yo mujer, no me hubieran gustado los jóvenes.