El Avaro
El Avaro FROSINA.— Lo creo. ¡Linda cosa para amarlos! ¡Son unos mocosos, unos presumidos, para sentir antojos por ellos! ¡Y me gustarÃa saber qué atractivo pueden ofrecer!
HARPAGÓN.— Yo, por mi parte, no los comprendo en absoluto, y no sé cómo hay mujeres que los aman tanto.
FROSINA.— Hay que estar loca de remate. Encontrar amable a la juventud, ¿es tener juicio? ¿Son hombres unos boquirrubios y puede sentirse apego por esos animales?
HARPAGÓN.— Es lo que digo yo todos los dÃas: ¡con su voz feble, sus tres pelos de barba levantados como los de un gato, sus pelucas de estopa, sus calzas caÃdas y sus estómagos desarreglados!
FROSINA.— ¡Eh! ¡Bien formados resultan junto a una persona como vos! Vos sois un hombre de verdad, que recrea la vista, y hay que estar hecho y vestido asà para engendrar amor.
HARPAGÓN.— ¿Me encuentras bien?
FROSINA.— ¡Cómo! Embelesáis, y vuestro rostro es digno de ser pintado. Volveos un poco, por favor. No puede haber nada mejor. Que os vea andar. He aquà un cuerpo modelado, libre y desenvuelto como es debido y que no altera dolencia alguna.