El Avaro

El Avaro

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HARPAGÓN.— No padezco ninguna grave, a Dios gracias. Tan sólo mi fluxión me ataca de cuando en cuando.

FROSINA.— ¡Ah, eso no es nada! Vuestra fluxión no os sienta mal, y toséis con gracia.

HARPAGÓN.— Y, dime: ¿Mariana no me ha visto aún? ¿No se ha fijado en mí al pasar?

FROSINA.— No; mas hemos hablado mucho de vos. Le he hecho un retrato de vuestra persona, y no he dejado de alabarle vuestro mérito y lo beneficioso que para ella sería tener un marido como vos.

HARPAGÓN.— Has hecho bien, y te lo agradezco.

FROSINA.— Quisiera, señor, haceros un pequeño ruego. Tengo un pleito y estoy a punto de perder por falta de algún dinero (Harpagón adopta un aire serio), y podríais fácilmente proporcionarme la ganancia de este pleito si tuvierais alguna bondad conmigo. No os podéis imaginar el placer que tendrá ella en veros.

(Harpagón recobra su aire alegre). ¡Ah, cómo le gustaréis! ¡Vuestra gorguera a la antigua producirá un efecto admirable sobre su ánimo! Mas, sobre todo, le encantarán vuestras calzas atadas a la ropilla con cordones. Es para volverla loca por vos; y un amante acordonado así será para ella un incentivo maravilloso.

HARPAGÓN.— En verdad, me encantas diciéndome esto.


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