El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— ¡Diablo! Eso es para dar de comer a una ciudad entera.
MAESE SANTIAGO.— Asa…
HARPAGÓN.— (Tapando la boca de Maese Santiago con la mano). ¡Ah, traidor! Te comerás mi fortuna.
MAESE SANTIAGO.— Entremeses…
HARPAGÓN.— (Volviendo a poner su mano sobre la boca de Maese Santiago). ¿Más aún?
VALERIO.— (A Maese Santiago). ¿Es que pensáis atiborrar a todo el mundo? ¿Y el señor ha invitado a unas personas para asesinarlas a fuerza de condumio? Id a leer un rato los preceptos de la salud y a preguntar a los médicos si hay algo más perjudicial para el hombre que comer con exceso.
HARPAGÓN.— Tiene razón.
VALERIO.— Sabed, maese Santiago, vos y vuestros compañeros, que resulta una ladronera una mesa llena de viandas en demasÃa; que para mostrarse verdaderamente amigo de los que uno invita es preciso que la frugalidad reine en las comidas que se den, y que, según el dicho antiguo, «hay que comer para vivir y no vivir para comer».
HARPAGÓN.— ¡Ah, qué bien dicho está eso! Acércate que te abrace por esa frase. Es la más hermosa sentencia que he oÃdo en mi vida: Hay que vivir para comer y no comer para vi… No; no es eso. ¿Cómo has dicho?