El Avaro
El Avaro VALERIO.— Que hay que comer para vivir y no vivir para comer.
HARPAGÓN.— (A Maese Santiago). SÃ. ¿Lo oyes?
(A Valerio). ¿Quién es el gran hombre que ha dicho eso?
VALERIO.— No recuerdo ahora su nombre.
HARPAGÓN.— Acuérdate de escribirme esas palabras: quiero hacerlas grabar en letras de oro sobre la chimenea de mi estancia.
VALERIO.— No dejaré de hacerlo. Y en cuanto a vuestra cena, no tenéis más que dejarme hacer; yo lo dispondré todo como es debido.
HARPAGÓN.— Hazlo, pues.
MAESE SANTIAGO.— ¡Tanto mejor! Menos trabajo tendré.
HARPAGÓN.— (A Valerio). Harán falta cosas de esas que se comen apenas y que hartan en seguida; unas buenas judÃas magras con algún pastel en olla, bien provisto de castañas.
VALERIO.— Confiad en mÃ.
HARPAGÓN.— Y ahora, maese Santiago, hay que limpiar mi carroza.
MAESE SANTIAGO.— Esperad; esto va dirigido al cochero. (Maese Santiago se vuelve a poner su casaca). ¿DecÃais…?