El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Que hay que limpiar mi carroza y tener preparados mis caballos para llevar a la feria…
MAESE SANTIAGO.— ¡Vuestros caballos, señor! ¡Pardiez!, no se encuentran en estado de caminar. No os diré que estén echados en su cama: los pobres animales no la tienen, y serÃa mentir; mas los hacéis observar unos ayunos tan severos, que ya no son más que ideas, fantasmas o figuraciones de caballos.
HARPAGÓN.— ¡Van a estar muy enfermos no haciendo nada!
MAESE SANTIAGO.— Y, aunque no se haga nada, señor, ¿es que no se necesita comer? Mejor les valdrÃa a las pobres bestias trabajar mucho y comer lo mismo. Me parte el corazón verlos asÃ, extenuados. Pues, en fin: siento tal cariño por mis caballos, que me parece que soy yo mismo, cuando los veo sufrir. Me quito para ellos, todos los dÃas, las cosas de la boca; y es tener, señor, un temple muy duro no sentir piedad alguna por el prójimo.
HARPAGÓN.— No será un trabajo grande ir hasta la feria.
MAESE SANTIAGO.— No, señor; no tengo valor para llevarlos, ni podrÃa darles latigazos; en el estado en que se hallan, ¿cómo queréis que arrastren la carroza? ¡Si no pueden tirar de ellos mismos!