El Avaro
El Avaro VALERIO.— Señor, rogaré al vecino Picard que se encargue de guiarlos, y de este modo podremos contar con éste aquà para preparar la cena.
MAESE SANTIAGO.— Sea. ¡Prefiero que se mueran bajo la mano de otro que bajo la mÃa!
VALERIO.— Maese Santiago es muy sensato.
MAESE SANTIAGO.— Y el señor intendente muy dispuesto y decidido.
HARPAGÓN.— ¡Haya paz!
MAESE SANTIAGO.— Señor, no puedo soportar a los aduladores; y veo que lo que él hace, sus continuas requisas sobre el pan y el vino, la leña, la sal y las velas son únicamente para halagaros y haceros la corte. Eso me enfurece, y me enoja oÃr a diario lo que se dice de vos, pues, en fin, os tengo afecto a mi pesar y, después de mis caballos, sois la persona a la que quiero más.
HARPAGÓN.— ¿PodrÃa yo saber de vuestros labios, maese Santiago, lo que se dice de mÃ?
MAESE SANTIAGO.— SÃ, señor, si tuviera la seguridad de que eso no os iba a enojar.
HARPAGÓN.— No; en modo alguno.
MAESE SANTIAGO.— Perdonadme; sé muy bien que os encolerizarÃa.
HARPAGÓN.— En absoluto. Al contrario, es darme gusto, y me complace saber cómo hablan de mÃ.