El Avaro

El Avaro

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MAESE SANTIAGO.— Señor, ya que lo deseáis, os diré francamente que se burlan en todas partes de vos, que nos lanzan cien pullas a cuenta vuestra y que nada los embelesa tanto como morderos y estar murmurando siempre sobre vuestra tacañería. El uno dice que mandáis imprimir almanaques especiales, en los que hacéis duplicar las Témporas[2] y las Vigilias[3], a fin de aprovecharos de los ayunos a que obligáis a vuestra gente; el otro, que siempre tenéis preparada una riña con vuestros criados en época de aguinaldos, o cuando salen de vuestra casa, para tener así un motivo de no darles nada. Aquél cuenta que una vez hicisteis emplazar judicialmente al gato de vuestro vecino por haberse comido en vuestra cocina los restos de una pierna de cordero. Éste, que se os ha sorprendido una noche sustrayendo vos mismo la avena a vuestros caballos, y que vuestro cochero, mi antecesor en el puesto, os dio en la oscuridad no se cuántos palos, lo cual no quisisteis divulgar. En fin: ¿queréis que os lo diga? No se puede ir a ningún sitio donde no se oiga haceros trizas. Sois el tema de irrisión de todo el mundo, y siempre se os designa bajo los nombres de avaro, roñoso, ruin y usurero.

HARPAGÓN.— (Golpeando a Maese Santiago). Sois un necio, un bergante, un pícaro y un descarado.

MAESE SANTIAGO.— ¿Lo veis? ¿No lo había yo adivinado? No quisisteis creerme. Ya os dije que os enojaríais al deciros la verdad.


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