El Avaro

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FROSINA.— Sí; tengo razón, ya lo sé. Eso es lo que habría que hacer; mas el diantre es poder encontrar los medios para ello. Esperad; si contásemos con alguna mujer de cierta edad que tuviera mi talento y supiese representar lo suficientemente bien para imitar a una dama de alcurnia, con ayuda de un boato prontamente preparado y de un raro título de marquesa o vizcondesa que supondríamos oriundo de la Baja Bretaña, tendría yo la suficiente habilidad para hacer creer a vuestro padre que era ésa una personalidad poseedora, además de dos casas, de cien mil escudos en dinero contante y sonante; que estaba locamente enamorada de él, y deseaba ser su esposa hasta el punto de entregarle todo su caudal por contrato de esponsales, es para mí indudable que prestaría oídos a la proposición puesto que, en fin, os ama mucho, ya lo sé; pero ama un poco más el dinero; y cuando, deslumbrados por esa añagaza, hubiera consentido ya en lo que os interesa, poco importaría después que se desengañase, al descubrir claramente los bienes de vuestra marquesa.

CLEANTO.— Todo eso está muy bien pensado.

FROSINA.— Dejarme hacer. Acabo de acordarme de una amiga mía, que es la que nos conviene.


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