El enfermo imaginario

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ANTONIA.— Soy médico ambulante, que va de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, buscando materiales para sus estudios: enfermos dignos de ocupar mi atención y de emplear en ellos los grandes secretos de la medicina, descubiertos por mí. Tengo a menos distraerme en menudencias, en enfermedades vulgares, en bagatelas como reumatismos, fluxiones, fiebres, vapores y jaquecas… Yo busco enfermedades verdaderamente importantes: grandes fiebres continuas, con trastornos cerebrales; buenos tabardillos, grandes pestes, hidropesías ya formadas, pleuresías con inflamación de pecho… ésas son las enfermedades que a mí me gustan y en las que triunfo. Ojalá tuvierais vos, señor, todas estas enfermedades que acabo de nombraros y os hallarais abandonado de todos los médicos, desahuciado, en la agonía, para poderos demostrar las excelencias de mis remedios y el placer que experimentaría siéndoos útil.

ARGAN.— Os agradezco en extremo vuestras bondades.

ANTONIA.— Dadme la mano… ¡Vaya!, este pulso está desordenado. Se nota que aún no me conoce: yo le haré marchar como es debido. ¿Quién es vuestro médico?

ARGAN.— El señor Purgon.

ANTONIA.— En mis anotaciones sobre las eminencias médicas no figura ese nombre. Según él, ¿qué enfermedad tenéis?


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